Es sabido de qué forma mendaz las derechas usan el llamado derecho a la libre elección de centro educativo para justificar el expolio a la educación pública y venta de privilegios a cambio de indoctrinación que suponen los conciertos educativos.

Lo peor, aparte de la situación en sí, es cómo el extremo centro y la supuesta izquierda prefieren no cuestionar los concertados ni sus terribles efectos, salvo de forma meramente retórica y como si abolirlos fuera más difícil que revertir el cambio clímatico o acabar con el hambre en el mundo y no una decisión política perfectamente factible y deseable.

En este contexto, resulta desolador cómo supuestos adalides de la progresía y el cambio que asombra al mundo compran el marco narrativo reaccionario hasta para supuestamente “acabar con la segregación escolar”.

Eso sí, con tal de no verse obligados a señalar el elefante en la habitación y en ausencia de afrontarlo, las medidas que proponen pueden reforzar y mucho situaciones de privilegio, injusticia y segregación por las razones expuestas a continuación.

Pocos países, entre ellos España, poseen un sistema educativo segregado legalmente entre centros de titularidad y gestión pública, y escuelas privadas sostenidas completamente con fondos públicos (la escuela privada concertada) que sobre el papel deben regirse por las mismas leyes y garantías de gratuidad que la escuela pública.

Las escuelas privadas concertadas matriculan alrededor del 30% de familias españolas y con ello el Estado obliga toda la ciudadanía a pagar con los impuestos el privilegio de una minoria de no ir a las escuelas públicas. Dado que el presupuesto del sistema educativo público sostiene a estos colegios privados, para aumentarles el concierto, las administraciones educativas autonómicas recortan el presupuesto de los colegios públicos con efectos multiplicadores que precarizan su funcionamiento, generan clientela a los concertados y segregan.

“[…] con ello el Estado obliga toda la ciudadanía a pagar con los impuestos el privilegio de una minoria de no ir a las escuelas públicas”

No es difícil encontrar literatura sobre los efectos segregadores en el sistema educativo del absurdo sostenimiento de escuelas privadas con dinero público. Como ejemplos:

Tampoco es ningún secreto a voces el lucro de la concertada que, además del dinero público que recibe del Estado, cobra cuotas mensuales a las familias como cualquier escuela privada.

La Confederación Española de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos (CEAPA) hizo público con un informe de 2018 que la práctica totalidad de la escuela privada concertada cobra cuotas mensuales que infringen la gratuidad (EuropaPress). Unos pagos que están específicamente prohibidas por el Artículo 88 de la Ley Orgánica de Educación con la literalidad «en ningún caso podrán los centros públicos o privados concertados percibir cantidades de las familias por recibir las enseñanzas de carácter gratuito». CEAPA expone que la concertada «ahora mismo es un negocio» (El Salto Diario).

Esas cuotas son fundamentales en la selección socioeconómica del alumnado. Ejercen de muro social y convierten a la escuela pública en la educación gratuita de las familias pobres que, paradógicamente, han de sostener con los impuestos su propia segregación para el privilegio de las minorías en la privada concertada.

Cómo agravar la segregación escolar comprando el marco narrativo privatizador

Conocidas organizaciones políticas y de la comunidad educativa prefieren huír de la dicotomía de acabar con la segregación legal de los conciertos educativos como si fuera tan difícil como acabar con el hambre en el mundo. Compran el marco contrario y piden acabar con el llamado «derecho a la libre elección de centro educativo» que usan las derechas para expoliar a la educación pública y aumentar el concierto a los colegios privados:

Obviando que hay casos válidos y legítimos por los que elegir el colegio público — por mencionar algunos el que esté cerca del trabajo o por atender las necesidades especiales y el edificio esté adaptado —, sin antes acabar con la concertada, la supresión de la opción de elegir colegio público agravaría la desigualdad e injusticia. Con la concertada, las familias de un mismo barrio tienden a mezclarse en los colegios públicos o concertados según la renta. Sin contar el clientelismo ideológico que lleva a algunas familias a repudiar el servicio público una vez alcanzan ciertas condiciones socioeconómicas.

“Podría decirse que la medida de no dar opción a elegir los colegios públicos los castigaría con mayor dureza y aumentaría la clientela concertadista que no va a dejar de pagar cuotas por su refugio libre de aquello que le molesta.”

Esas dinámicas contribuirían si cabe más a la consolidación de los llamados guetos escolares y formaría otros, a razón de acabar en ellos las familias de rentas más bajas— causalmente homogenizadas por origen inmigrante de países subdesarrollados como por ejemplo de Latinoamérica, Marruecos y países subsaharianos, o de etnia gitana —. En esos colegios públicos los efectos de la segregación son del todo evidentes: la alta concentración de dificultades sociales, económicas y educativas se vuelve ingestionable para la docencia y tienen en común el empeoramiento de los resultados académicos y aumento del fracaso escolar. Ello empuja a las familias a irse, dejando a la escuela prácticamente sin matrícula y al borde del cierre.

Podría decirse que la medida de no dar opción a elegir los colegios públicos los castigaría con mayor dureza y aumentaría la clientela concertadista que no va a dejar de pagar cuotas por su refugio libre de aquello que le molesta.

Algo que no haría más que aumentar los recortes en la educación pública, pues es vox populi que las consejerías de educación usan la «demanda social de las familias» de más concertada para justificar con descaro y entusiasmo el expolio a los colegios públicos.

Decretar la supresión progresiva de todos los conciertos se decide en un consejo de ministros

En la mayoría de países la escuela pública es predominante y hay escuela privada que ha de pagársela quien la elija. Pero organizaciones como la Federación de Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos de Catalunya (FAPAC) dicen que abolir los conciertos educativos es «casi una utopía» (Malarrassa), como si fuera más difícil que acabar con la dependencia del petróleo o el hambre en el mundo.

Por ejemplo, hace un año el diario EL PAÍS entrevistaba el ministro de educación portugués Tiago Brandão y exponía con naturalidad que, por mandato legal, había decretado para este curso 2019-2020 la supresión de 49 conciertos educativos:

Había 79 colegios concertados que consumían 140 millones al año y la ley dice que deben existir donde la escuela pública no cumple su función. Hemos quitado la subvención para el próximo curso a 49 de ellos y gastaremos 45 millones. En Santa María de Feira, a 30 kilómetros de Oporto, había un centro privado que recibía casi seis millones de euros y al lado cuatro escuelas públicas casi desiertas. No tenemos un afán excluyente, solo cumplimos con la ley”.

Sin salir de España, la Consejería de Educación riojana anunciaba recientemente que «la concertada absorberá la reducción prevista en unidades de 3 años por el descenso de la natalidad» (EuropaPress). A la par que la homóloga catalana afirmaba hace un año con clara filiación concertadista que «no se puede luchar contra la segregación sin la escuela concertada» tras firmar un pacto con sindicatos, ayuntamientos y patronales que presentan «contra la segregación».

No existen fórmulas mágicas para reducir y acabar con todo tipo de segregaciones, pero desde luego no hay ninguna más inmediata y deseable como la supresión progresiva e incondicional de todos los conciertos educativos. Una cuestión que se decide en un consejo de ministros mediante un decreto ley publicado en el BOE.

Lo mismo que aprobar una supuesta medida en nombre “de acabar con la segregación” que empeoraría los terribles efectos del concierto educativo.

La situación recuerda a la segregación racista en el bus de los peores tiempos de los Estados Unidos.

Sobre «El unicornio en el jardín»

El cuento «El unicornio en el Jardín» de James Thurber inspira el título de este artículo. Cuenta la vida de un matriominio en crisis.

Un buen día, el marido está desayunando y alza la vista. Ve a un unicornio comiendo flores en el jardín. El hombre corre a la habitación donde se halla la mujer y le explica que hay un unicornio en el jardín. Ella le dice que los unicornios son seres mitológicos, añadiendo que está como una cabra.

Con los ojos resplandecientes de maldad, la mujer se viste y llama a la policía y el psiquiatra para decirles que su marido ha visto un unicornio en el jardín. A la llegada, la mujer les explica «mi marido vio esta mañana un unicornio comer lírios en el jardín». La mujer añade que «tenía un cuerno dorado enmedio de la frente». El policía y psiquiatra se miran.

El psiquiatra da una señal al policía y, aunque la mujer opone resistencia, ambos le ponen una camisa de fuerza. Entonces entra el marido a casa y el policía le pregunta: «¿Usted le dijo a su mujer que ha visto un unicornio?». El hombre contesta sorprendido que por supuesto que no: «los unicornios son seres mitológicos», expone. Entonces el psiquiatra dice que «eso es todo lo que quería saber» y ordena al policía que se lleve a la mujer.

Huelga decir que a partir de ese día, el marido vivió feliz el resto de su vida.